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En 1987, en mi radiocasete sonaban Radio Futura, Golpes Bajos, Stray Cats, Beastie Boys y Sugar Cubes. Tenía 14 años. Iba al instituto y además de saltarme las prohibiciones habituales de la edad tenía ganas de hacer un grupo. Formamos “Excedentes”. Hacíamos pop-rock y un poquito de rockabilly. Empecé tocando la batería y cantando, pero un año y pico más tarde, me pasé a la guitarra para poder ejercer de frontman al uso. Ganamos un concurso de bandas y teloneamos a Gabinete Caligari. Una época divertidísima. Sin embargo pronto tuvimos ganas de salir de Huesca para ir a la universidad, aunque yo todavía tenía que cumplir con la mili. Así que antes de mudarme a Valencia en 1993, pasé un año atravesando semáforos en rojo y conduciendo una ambulancia a toda velocidad, como era propio de un chaval con 18 recién cumplidos.

Abandoné la música por completo aunque la escuchaba más que nunca: primero mucho Soundgarden, Stone Temple Pilots y Nirvana, y después descubriendo a Beck, Eels o Bjork. Mi Fender Malibú estuvo abandonada en un rincón del salón de casa. Estudié “Imagen y Fotografía” y empecé una época mucho más plástica en mi vida: hice exposiciones, escribía historietas para algunos cómics que dibujaban amigos, trabajé haciendo crítica de cine en un periódico local y pequeño, edité junto a varios colegas un fanzine que llamamos “Como vacas mirando al tren”, fui camarero, y conseguí por fin mi primer trabajo como fotógrafo. En ese momento empezaba a cansarme de la ciudad y, a pesar del miedo a perder de vista el mar, en 1998 me trasladé a Madrid.

Cuando estaba a punto de acabarse mi prestación por desempleo, conseguí colocarme en un estudio de diseño y fotografía, donde tuve un jefe algo peculiar al que acabamos pillando en su ordenador una buena colección de porno transexual. Dejamos de decir que era peculiar. Mientras, y con la ayuda de mis dos buenos amigos Loren y Paloma, empecé a escribir canciones con idea de venderlas a otros cantantes. Nada. Aquello no cuajaba. Así que me dije que por lo menos las canciones las haría a mi gusto, por una cuestión de satisfacción personal. Y nació el proyecto “Pequeño Pecker”. Corría el año 2001. No hacía eso de tocar por allí en salas, con la guitarra, era más bien una aventura de estudio. Cuando conseguí sumar 4 canciones bien terminadas firmé un contrato con una discográfica, y en 2004 se publicó por fin “Diez y 1 galaxia” (DRO East West) producido por mi equipo de amigos al que se sumaba Carlos. En un tema, “Astronauta 7”, colaboraba Iván Ferreiro que por entonces acababa de disolver Piratas. Sonó muchísimo en Radio 3, incluso formó parte del CD recopilatorio del programa Siglo 21 6.0. Armé una banda y empezamos a tocar. Pero yo ya me había vuelto a trasladar, esta vez a Barcelona y por amor a María, la que hoy es mi mujer. Allí conocí a The Pinker Tones y a Miqui Puig, y grabé en 2006 mi segundo disco “2 y las nadadoras” (DRO Atlantic), esta vez como “Pecker”. Los primeros produjeron el álbum y Miqui cantó conmigo “Encantadora lunática”, lo pasamos genial durante esos 2 meses en Pinkerland. En el verano de ese mismo año nos fuimos a Nueva York al Latin Alternative Music Conference donde hice un pequeño showcase en el SOB’s del Soho y firmé con una disquera (como dicen allá) de Los Ángeles para publicar el disco en los Estados Unidos; repetimos este viaje un año más tarde para ofrecer varios conciertos en Manhattan y Queens. Volvimos a España y formé mi nueva banda con mis amigos McPérez y Ayala, y empezamos una gira que nos llevó por un montón de rincones y festivales de la Península, llegando incluso a tocar en un mismo mes para 5 personas en Badajoz o para 4.000 en Vic. Fue una época extraña: el que era mi manager y amigo casi desde la infancia me estafó vilmente y se quedó con una cantidad sustancial de dinero que me pertenecía. Ya no es mi amigo. Ahora es conductor de autobús.

La industria discográfica empezaba a tambalearse y cada vez había menos pasta para hacer discos, así que tuve que ponerme las pilas en eso de la grabación y la producción. En 2007 compré algo de material y empecé a crear mi tercer disco al que llamé simplemente “Pecker” y que se publicaría en 2009 con Warner Music Spain. Eso sí que fue una aventura: mi estudio, La Confitería Sónica, estaba en un sitio precioso del centro de Barcelona, pero tenía alrededor de 4 metros cuadrados compartidos con la lavadora y el armario de los zapatos. Colocaba el micro mirando generalmente hacia el bote del jabón de color, y lo rodeaba con las toallas de la playa para amortiguar el sonido. La silla donde me sentaba a tocar las guitarras crujía con cada pequeño movimiento y se colaba en las grabaciones. Dejé alguno de los ruidos intencionadamente. Y sí, así se hizo ese disco, del que me siento muy orgulloso, con canciones como “Supernova” (incluida en el álbum “Las 100 Mejores Canciones del Pop Español” Warner Music Spain 2012) o “Treinta y cinco”, pero eso de hacerlo todo uno, sin contar con músicos o productores o técnicos de sonido, me pasó factura. Me pegué un año entero con extrasístoles ventriculares, o sea, arritmia, vaya. Y con lo hipocondríaco que soy, lo que me faltaba. Una de mis terapias fue tratar de hacer que mi música fuera, de algún modo, interactiva. Así que empecé a utilizar mucho las redes sociales. Lo primero que propuse fue hacer un videoclip con imágenes que me mandara la gente cantando precisamente “Treinta y cinco”. Fue genial. Recibí vídeos de todas partes de España, pero también de los Estados Unidos y de Argentina.


Ya en familia, con mi hijo Lucas y María, y poco antes de que saliera el disco a la venta, volví a mudarme y esta vez a mi ciudad original: Huesca. Más calma. Más campo. Otro ritmo (para lo bueno y para lo malo). Justo entonces, The Pinker Tones me ofrecieron formar parte de su banda durante una gira y me fui con ellos casi un mes a tocar por toda la costa este de los Estados Unidos, desde Miami hasta Boston. Viajábamos en bus por las noches, durmiendo en literas mientras nos llevaban a nosotros, y a casi 100 autobuses y trailers más, a la siguiente ciudad donde armaríamos cada día el macro festival itinerante Vans Warped Tour. Una experiencia inolvidable. Poco después hice la banda definitiva con la incorporación de Eche y de Guy: el trío electrónico de batería, guitarras, bajos y sintes (hay más instrumentos que gente, ya lo sé, pero es que tenemos muchos brazos). Y mientras íbamos de sala en sala y nos dejábamos caer por algún que otro festival durante ese 2010, a Warner se le ocurrió la idea de hacer un recopilatorio. Tuve que titularlo “Grandes éxitos de un hombre invisible”, y fueron mis crecientes seguidores en Facebook y Twitter los que decidieron la selección de las canciones. Para ese disco tenía dos temas nuevos y remixes, pero me apetecía grabar otra colaboración. Acababa de conocer a Bimba Bosé y le invité a cantar conmigo “Me quemas bastante”. Pol, mi hombre de los clips, me propuso la idea de hacer un vídeo erótico-gastro-gamberro y se convirtió en uno de los más vistos en la televisión en España durante los meses de ese verano (vamos, que no le quité el número 1 a Shakira de milagro). En otoño e invierno decidí hacer conciertos acústicos en solitario, con mi guitarra y algunas máquinas, haciendo uso de mis brazos de Shivá. Disfruté muchísimo. Era la primera vez que me enfrentaba al escenario sin ayuda de músicos, fue entrañable la cercanía, la verdad es que cada vez me gusta más, y no nos engañemos, tal y como está todo hoy en día, es la opción más rentable para poder hacer una gira.

A través de internet, creo que fue por MySpace, conocí al brasileño Paulo Carvalho. Él acababa de grabar su primer álbum y me pidió que escribiera la música para una letra que tenía lista para su próximo trabajo. Así surgió “Do avesso”, una canción que meses más tarde me llevaría a Sao Paulo y a Rio de Janeiro para grabar, en el estudio más grande de Latinoamérica, mi voz y la de María en otros dos temas que ya forman parte de su segundo disco. Poco después, el Profesor Manso de The Pinker Tones y yo publicábamos “Interludio” (Outstanding Records, 2012), un EP de electro-hiphop amable que decidimos regalar en la red para compartir ese placer con el que habíamos creado el álbum. Pero en ese momento ya estaba escribiendo canciones para mi nuevo disco.

Atrás quedaron los apaños, el “¡apaga el aspirador que voy a grabar voces!”. Invertí en más medios y armé “La Confitería Sónica” definitiva. Cogí la guitarra acústica y el cuaderno durante el invierno, y en verano empecé a grabar. Me inspiré en lo que me inspiro siempre, en lo que me rodea, en las pelis y las noticias, en los libros, en lo que vivo, en los discos que escucho..., intento absorber todo eso que me ayuda a poder contar cosas nuevas e interesantes y evolucionar mi sonido, mis melodías. Me acompañaron Hot Chip, La Roux, The Drums, The Postal Service, Eels, The Beatles, Chilly Gonzales, The XX, CSS y Plastilina Mosh entre otros. Y publiqué “Comercial” (Warner Music Spain, 2013), mi disco más pop, ese que me llevó a tocar en un montón de rincones de España, me sacó a Francia y me regaló dos Premios de la Música Aragonesa: Mejor Directo, por darlo todo en los escenarios, y Mejor Video, por tatuarme “Bonus extra” al mismo tiempo que cantaba mientras María grababa, con magia y en un solo plano secuencia, todo el dolor en mi cara con un iPhone 5.

Y la verdad es que 2013 fue un año increíble y ajetreado. Mientras “Comercial” crecía y llegaba a los oídos de muchos, recibí una inquietante propuesta del Festival Pirineos Sur. Me ofrecían la posibilidad de dirigir un proyecto de cooperación junto al Festival L’Boulevard de Casablanca, que consistía en crear un repertorio nuevo de canciones para trabajarlas junto a 2 músicos marroquíes y parte de mi banda en España. Me puse a escribir compulsivamente y me acomodé en la ciudad magrebí durante casi un mes. Allí conocí a Abdellah Hassak, DJ underground de las escena bedawa conocido como Dubosmium, y a Mahmoud Bassou, cantante de la banda Ganga Vibes, y junto a Echedey Molina, mi batería habitual, comenzamos a desarrollar esas canciones para convertirlas en un espectáculo para nuestra nueva banda: The Digital Turbans. Hicimos varios conciertos aquí y allá, pero el que no se me borrará de la memoria será el que hicimos en Casablanca en el Festival L’Boulevard delante de 8.000 personas, porque los 3 o 4 días que duró, estuvo bajo la amenaza de atentado por parte de Al Qaeda, y lo supimos apenas 1 hora antes de subir al escenario, y aquello estaba discretamente rodeado del ejército marroquí que se hacía acompañar de rottweilers que lo olisqueaban todo. Y cantamos. Y nos atrevimos. Y Marruecos bailaba.

De toda esa aventura temporal quedaron unas cuantas canciones brutales que se convirtieron en mi siguiente álbum, "Suite", un trabajo que me llevó a festivales como Sonorama, Ebrovisión, FIZ, o Polifonik en España y también al Park Pop de La Haya, en Países Bajos. Pero poco tiempo después, el tristemente fulminado Festival Periferias de Huesca me encargó hacer unas versiones de canciones que España hubiera mandado a Eurovisión y de esa propuesta surgió mi EP "Perversiones" que se publicó en vinilo de 7 pulgadas y en una edición limitada de solo 200 copias que volaron.

Como yo, que también volé ese mismo año, era 2016, y fui a dar dos conciertos en Dublin, en el estado de New Hampshire al norte de los Estados Unidos, por la sencilla razón de que una pareja de melómanos norteamericanos propietarios de una sala de conciertos, se habían enamorado de "Tu boca es espiral", una canción que publiqué 10 años atrás pero que seguía sonando allá en algunas emisoras de música "alterlatina". Me escribieron un email pidiendo un presupuesto y allá que nos fuimos y después de eso, amigos para siempre, y fueron varias las ocasiones en las que me llevaron a tocar allí, pero también a Miami, donde tenían además algunos negocios.

A mi regreso
a España estaba muy encendido, así que aproveché la chispa para escribir lo que en 2018 sería "El incendio perfecto", mi primer disco autopublicado que fue posible gracias a una exitosa campaña de crowdfunding y el trabajo exquisito de producción de Marti Perarnau IV y Ramiro Nieto. Pero es que ese fuego no cesaba y la Sociedad Deportiva Huesca subió a primera división, y entonces yo escribí "El azul y el grana", un himno alternativo encargado por el club, que no ha dejado de sonar desde entonces en el campo del Alcoraz para animar al equipo a seguir soñando.

Y llegó la pandemia. Y todos nos escondimos y algunos aprovechamos para crear. Y la cabeza me iba a explotar y empezaron a crecerme canciones y poemas dentro. A finales de 2022 publiqué mi primer poemario "Un vuelo sin la mecánica adecuada" de la mano de la editorial Pregunta. Y a principios de 2023 vio la luz "Peso pluma", mi más reciente álbum de estudio, otro disco autopublicado, que repitió la fórmula de micromecenazgo con un resultado tremendamente exitoso. Estoy tan agradecido...

Ahora, a finales de 2024, reviso esta biografía y añado cosas, me miro en el presente y veo que cada vez me interesa más lo bello, que cada vez me considero más un incansable cazador de belleza, un hombre expectante deseoso de asombros y amores. Y os cuento que presento ya mi nuevo libro, "Un punto de destello", también con Pregunta Ediciones, una colección de relatos narrados en primera persona basados en vivencias personales desveladas, más o menos ficcionadas, relacionadas con experiencias culturales, viajes, canciones, películas, exposiciones, es decir, todo aquello que me llena y me produce asombro, todo eso que me hace sentir mejor, más pleno, más grande y más pequeño, todo eso que me hace sentir humano y consciente, eso que me eriza la piel y me convierte en un ser radicalmente pirotécnico.



Raúl Usieto Aquilué, Huesca, noviembre de 2024.